Uno
de los momentos mágicos del día es cuando leo un cuento a mis hijos antes de
dormirse. Uno de sus predilectos trata de
piratas donde el capitán, después de enfrentarse a todos los peligros habidos y
por haber, consigue encontrar un preciado botín gracias a un misterioso mapa
del tesoro lleno de peligros.
Nuestra
mente es como un gran mapa del tesoro donde habitan luces y sombras, aquello que
nos impulsa en la vida y aquello que actúa como un lastre bloqueando el acceso a nuestras ilusiones y
sueños. Este mapa no es plano, sino más
bien tiene forma de circunferencia sin principio ni fin. En dicha
circunferencia coexisten dos grandes espacios; uno invisible a nuestros ojos y
otro visible. El invisible o inconsciente está escrito con zumo de limón como
lo antiguos documentos secretos cuyo mensaje solo conseguía hacerse visible al
ponerlo junto al calor de una llama. El visible o consciente es donde
almacenamos todo lo que sabemos y conocemos, nuestras experiencias e ideas. Con
sólo esta parte consciente no somos capaces de solucionar problemas complejos.
Para poder afrontar los desafíos que nos pone delante la vida, tenemos que
tener coraje y recurrir a nuestra parte inconsciente, la parte oculta donde
descubriremos el origen de nuestras conductas automáticas y nuestro verdadero
potencial. El consciente seria como el capitán de un barco velero y el
inconsciente, el viento que impulsa las velas. Es labor del capitán aprender a
entender el viento y usarlo a su favor para surcar los mares.
Pero
en ese mismo mapa también están ocultas a la vista, las grandes trampas de la
vida que nos dificultaran enormemente la localización del tesoro; son como los cantos de sirena que
precipitaban los barcos contra las rocas. Las trampas consiguen alterar la
percepción de lo que vemos y debemos ser capaces dejar de oír los bellos cantos
de sirena, de taponar los oídos en forma de emociones que nos ayuden a
encontrar nuestro auténtico tesoro interior que vive en forma de sabiduría,
energía, creatividad, alegría y amor.
Cuando
nos mostramos contentos porque algo nos ha salido bien, somos más amables y
pacientes. Sencillamente vemos las cosas de forma diferente. Las cosas no
cambian, somos nosotros que conseguimos verlas de manera distinta. Muchas veces
lo más valioso está oculto a nuestros ojos.









