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15 de junio de 2011

El círculo



Cuando era pequeña me acercaba en bicicleta a un lago que había cerca de la casa de mis abuelos,  recogía piedras, me sentaba en la orilla y las lazaba al agua estanca para ver las ondas concéntricas que se formaban alrededor del lugar del impacto. Miraba como cada vez los círculos eran más y más grandes hasta que se volvía a calmar el agua.

Luego aprendí que todo es cíclico en la naturaleza. El movimiento de los cuerpos celestes es circular. El curso del tiempo y las estaciones siguen un movimiento cíclico que se repite a la vez que se renueva. Las plantas y los animales al morir vuelven a la tierra. El agua se evapora formando nubes que se convierten en agua.  El círculo expresa la magnitud y el sentido tanto de la vida humana como del universo.

Medimos el tiempo desde la antigüedad a través de un círculo, desde lo relojes solares a los convencionales, las manecillas van girando para que sepamos en que momento del día estamos. La brújula sirve para orientarnos en el espacio. El círculo está presente en todas partes: los anillos, los brazaletes, los collares son circulares, las rotondas cuando vamos en coche, las señales de tráfico…  Muchas religiones tienen símbolos en forma de círculo, en la católica el cuerpo de cristo, la hostia sagrada es circular, en religiones orientales por ejemplo, el Ying y en Yang  donde la dualidad se encierra centro de un círculo.

La vida es cíclica, abrimos y cerramos ciclos, etapas. Las cosas se repiten cíclicamente. El círculo encierra, puede llegar a ser claustrofóbico si nos ubicamos en su centro y no vemos nada más allá de sus límites. Es como una barrera que oprime si solo pensamos en salir de allí. En cambio si lo miramos al revés,  si pensamos que el centro del círculo es el centro de nuestro ser,  podemos llegar a la interiorización, a la calma, al reposo, a vislumbrar destellos de eternidad que solo podemos encontrar desde el núcleo de nuestra propia alma y esencia.


“En el círculo se confunden el principio y el fin”
Heráclito.