Viajar se puede viajar de muchas maneras. La mejor es, sin lugar a dudas, viviendo la experiencia dentro de la propia piel. En ocasiones los viajes son más puntuales que frecuentes y para calmar mi sed viajera me guardo un as en la manga: mis viajes sucedáneos, son aquellos que realizo a través de los ojos y experiencias de otras personas.
Colecciono postales. La única condición es que sean postales con la imagen de un paisaje, no importa si el lugar es cercano o lejano, solo importa que tengan una imagen de ese lugar desconocido para mis ojos. Cuando un amigo, familiar o compañero de trabajo emprende un viaje o unas vacaciones le pido una postal en mano. No quiero que me la envíen por correo ordinario, es algo que requiere demasiado esfuerzo (sellos, buscar un buzón, que llegue a su destino…). Solo quiero que me la den al regresar y a ser posible esos días posteriores al viaje, cuando toda la información, las experiencias, las emociones están aún a flor de piel. El día que me la traen sutilmente les pregunto, les estiro de la lengua y les escucho entusiasmada porque durante 5 -10 minutos viajaré a ese lugar con sus ojos, su experiencia reciente y ciertamente será un viaje sucedáneo pero será un viaje.
Un compañero de trabajo viajó recientemente a Tokio. Antes de irse le recordé que coleccionaba postales y me dijo que encantado me traería una de Tokio en mano. Nada más regresar me confesó que no se había acordado, le supo tan mal al pobre hombre su descuido que a la mañana siguiente apareció con su Notebook lleno de fotos de su viaje y me las comentó lleno de entusiasmo. ¡Al final salí ganando!
En ese viaje sucedáneo a Tokio, vi una ciudad llena de rascacielos tan altos que la gente no puede ver el horizonte, vi calles limpias, espacios ordenados, clasificados , barrios distintos desde la conocida zona comercial Ginza a los barrios residenciales o los barrios con casitas orientales, había templos, jardines, gente, mucha gente , vi geishas andando por la calle junto a hombres con maleta , pantalón negro y camisa blanca, vi mercados de frutas de todos los colores y mercados de pescado al amanecer con cajas y más cajas llenas de pescados exóticos todas excesivamente clasificadas, vi cultura milenaria al lado de tecnología punta.
Unas cuantas fotos las hizo desde detrás de la vidriera de una cafetería, puso la cámara de fotos en la mesa, cada 30 segundos se iba disparando repetitivamente y se podía apreciar la gente de la calle como iba pasando, era como ver la vida a través de un agujero. En esas secuencias encontré lo que más me sorprendió. Era un día de lluvia y la gente llevaba paraguas transparentes. Las gotas de lluvia resbalaban por esos enormes paraguas transparentes, la sensación era que la gente en Tokio quería seguir viendo un pedacito de cielo aunque fuera a través de su paraguas transparente, como si necesitaran que la luz del día entrara en su vida perpetuamente a pesar de la lluvia. Tal vez era porque eran unos días lluviosos o tal vez no, pero la gente en Tokio no sonríe, no vi a nadie sonriendo en ninguna de todas esas fotos. Me acordé de la película Lost in translation de Sofia Coppola. ¿Por qué será que la gente en Tokio parece triste? Igual son los rasgos orientales que les hacen parecer tristes sin estarlo…